La música y el dolor del pueblo

Puedo decir que conocí la música de América Latina en 1995. Mi querida tía me mostró una K7 de un grupo folclórico llamado Viento Sur, originarios de Bolivia, que fue establecido en Curitiba desde hace varios años.
Oyó “El condor pasa”, “Soy piedra y raíz”, “La Batea” y “Todo Cambia”.
Me interesé, años más tarde, el tema, sobre todo después de saber lo mucho que mi padre le gustaba la gran cantante argentina Mercedes Sosa.
La historia de la música de América Latina está marcada por grandes acontecimientos sociales, políticos y culturales, y algunos períodos oscuros, como el tiempo de los regímenes dictatoriales. La música era una arma de protesta, muy bien utilizada en las manos de los grandes nombres en Chile, Violeta Parra, Quilapayún, Inti Illimani y Víctor Jara. En Argentina, la espectacular Mercedes Sosa, y en Brasil, Milton Nascimento, Chico Buarque, Caetano Veloso, Gal Costa y Maria Bethânia.
Eran tiempos crueles, donde masacraron a muchas vidas y muchas voces fueron silenciadas. Sus resultados nocivos continúan hasta hoy, cuyos efectos son irreparables.
En este período de agitación política en nuestro país se aferran a tantas voces que cantan la libertad soñada, lejos del amado país, la crueldad de sus verdugos, con la esperanza recordamos que nuestra democracia tan reciente se logró a costa de la sangre de los inocentes .
Me aferro a la historia, su veracidad, y el pragmatismo de los lúcidos sobre los graves riesgos que assobram los logros obtenidos tantos sacrificios. Me duele profundamente que podemos pasar por el mismo dolor cantado en muchas voces y instrumentos en América Latina, por lo que este ensangrentada y vilipendiada desde la colonización. En mis pocas y sencillas, pero sentidas palabras, lloro en mi corazón por la fuerza de la gente, por la libertad, garantía de los derechos y el mantenimiento de el  orden democrático. ¡Fuerza, Brasil! ¡Fuerza, América Latina!

Sobre fitas K7, vinis e vitrolas

Alguns dos momentos mais memoráveis de minha vida são relacionados à música. Não sou cantora, e carrego comigo a frustração de não saber tocar nenhum instrumento.

Minhas lembranças mais remotas dão conta de meu pai, na sala de casa, dançando comigo as músicas do grupo sueco ABBA, momento este que, visualmente, lembro somente do forro de madeira de cor azul.

Minha mãe tinha uma radiola, uma versão melhorada, fabricada pela Frahm, todos os discos do ABBA, alguns da Dona Summer, Peter Tosh e outros ícones da disco. Aquele barulhinho, ao posicionar a agulha sobre o vinil, momentos antes da execução da música, era mágico. Eu tinha alguns disquinhos, com músicas e histórias infantis, coloridos.

Era uma aventura ouvir fitas K7. Para comprá-las, tínhamos que viajar uns 80 km, numa época em que não existiam as fitas piratas. Lembro da revolução causada pela primeira rádio FM da minha cidade, e do costume de ligar na rádio para pedir músicas, tendo o cuidado de deixar a fita engatilhada, para apertar o REC, no tempo exato, com o bordão da emissora.

E quando a fita enrolava? Era o caos, resolvido com paciência e uma caneta BIC.

Deixo, neste post inicial, a minha música preferida do quarteto sueco.